lunes, 11 de enero de 2016

SI BIEN FICCIÓN, LA SIGUIENTE HISTORIA ESTA BASADA EN UN 100% ACONTECIMIENTOS E INFORMACIÓN REALES. A LA FECHA, 2016, EL MUSEO NACIONAL DE HISTORIA NATURAL PENDE DE UN HILO.



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EL ÚLTIMO MUSEO
Crónicas del ocaso de la ciencia en el Uruguay
Texto y fotografías: Gonzalo Fierro Osores. Investigación: Cecilia Martínez.



-Viniendo el sobrino del fletero ya seríamos unos cinco.
Parecía aquello algo lisa y llanamente, descabellado. Pero lo que menos yo quería era desalentarlo, ya por demasiadas había él pasado en relación a lo que ahora -y nuevamente-, nos tenía en vilo, y que sería una verdadera injusticia el darle plena noticia de hacia donde la realidad de los hechos apuntaba; Pero conociéndolo, y a juzgar por ese peculiar brillo en sus ojos que no mostraban otra cosa sino su tan aguerrida tenacidad, ese tipo de estoicismo que nace de la más profunda pasión por aquello que, sobre sus hombros él mismo se estaba poniendo sin recibir más paga que un sueño. No era tanto un logro personal -y esto es lo más noble de él-, sino que trataba de un sueño para casi dos siglos de ciencia, pero por sobre todo su futuro y permanencia. No, el nunca daría marcha atrás por más amargas que fuesen las noticias. Pues desde hacía ya varias jornadas y ahora 48 horas prácticamente sin reposo, -tal vez alguna que otra siesta entre el cajonerío-, no cesábamos de embalar las piezas, previa limpieza y minuciosa revisión de sus respectivas clasificaciones. Con la meticulosa suavidad de quien ama lo que entre manos tiene, aprestaba todo para la mudanza. De a momentos tomaba una pieza y cesaba el tiempo mientras la observaba melancólico con sus rasgados ojos tras tantos años de trabajos en campo, afilados, prestos a detectar lo inimaginable. La mirada que posaba sobre el objeto dejaba entrever la angustiante pregunta de si sobreviviría una vez más otra mudanza, o más que esto último, una verdadera travesía, ya que no eran muebles lo que nos disponían desplazar. Remarco: Sin duda había que darle ánimos.
-Estamos entrando en un nuevo milenio, y viste que el progreso es progreso y esto no queda por fuera, va a salir todo de maravilla! Le decía yo, conociendo hacia donde se dirigiría el acervo científico más grande e importante del Uruguay, lo cual, estaba muy lejos de lo que “maravilla” pueda o no significar, más bien se encontraba en las antípodas de esta. Sencillamente -y esto es lo que yo me empeñaba a ocultarle- trataba un depósito de último momento y la promesa de una condena al olvido asegurada. Básicamente las prioridades gubernamentales de finales de los ’90 en materia cultural estaban expulsando a la ciencia de este territorio, y este muchacho, amable y soñador, era casi lo único que se interponía.
Entre las tareas de llevar, traer, mover, limpiar, ordenar, clasificar y soñar, se suscitaban interesantes momentos de charla, gracias a las cuales, con el correr de las jornadas fui tomando real dimensión sobre lo que entre manos teníamos. Yo siempre me había limitado a mis funciones básicas, pues siempre consideré no contaba con los arrestos necesarios para ya sea dar una charla, un recorrido o un brote espontáneo de información transmitida con la pasión que a él si lo caracterizaba, y con estas conversaciones que manteníamos entre plena tarea, fuere ya por su universal conocimiento y su peculiar forma de transmitirlo que, muchas veces en el fragor de la explicación, hasta sus movimientos seguían la intensa cadencia de sus palabras, invitaba de forma maravillosa a ir más allá, pues de eso se trata la pasión. Y fue así que paulatinamente comencé a enterarme de que el Museo Nacional de Historia Natural que estábamos preparando para una mudanza -dado que las remodelaciones del Teatro Solís así lo “requerían”-, fue el primer museo de nuestro país, fundado en 1837 en donde el mismísimo Dámaso Antonio Larrañaga -todos conocemos sus aportes a este país-, formó parte de la comisión fundadora, y como si este dato fuera poco, ni mencionar entonces que el museo formó además parte del Ideario Artiguista. O él estaba loco o el país y quienes nos invitaban a mudarnos lo estaban.

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-¿Pero estás seguro? Le pregunté ya demasiado impactado.
-Fijate vos mismo, me dijo, extendiéndome una serie de documentos que ya por su fragilidad, hablaban de no menos de 150 años, siendo empero su contenido lo que finalmente logró enmudecerme. Estaban ahí, las firmas, los nombres, todo. Parecía surreal e inmediatamente levanté mi cabeza fijando mi mirada a la suya, sumido en un estado de inercia mientras pensaba -ya con las pruebas en mi mano-, que ese joven científico en sus 20 y algo mozos, sostenía en sus hombros mucho más que la mayor y mejor colección de material sobre todo lo que vivió y vive en este país, sostenía la médula cultural, raíz y eje de la ciencia de una república. Me dejé caer hacia atrás apoyándome sobre unos cajones que para mayor espanto -pues eso sentí-, tenían la inscripción: “colección paleontológica Dr. Teodoro Vilardebó. Creí desfallecer.
-Y otras tantas colecciones donadas por grandes personalidades de nuestra historia -añadió-, sin mencionar la biblioteca científica, una de las cinco más importantes de Sudamérica, en donde no solo tenemos los registros detallados de naturalistas pioneros en esta región, además de contar con textos del siglo XVIII. Imaginate que en esos textos se encuentra la evolución científica de este país y la región, de perderse o estropearse tal vez solo una página de uno de esos textos, no nos quedaría más que subirnos a una máquina del tiempo, así que …
-¿Así que? –Añadí ansioso y estupefacto.
-Nada, todo saldrá bien. Concluyó grave y meditativo.
La mañana era fría y con una molesta llovizna que, en esa zona de la ciudad, donde los vientos del río duplican la sensación térmica y hacen llover casi de forma horizontal, lo único vertical y firme cuando llegué era su estampa apacible, media hora antes de comenzar a cargar la ciencia uruguaya en la parte de atrás de la vieja camioneta Willys que pudimos costear con lo ahorrado de una serie de charlas, menos la última, la cual yo le porfié sería la más rentable aunque él se empacó en brindarla gratuitamente ya que asistirían muchos niños y jóvenes.
-¿Y quién va a pagar el resfrío que nos vamos a agarrar? Le dije con mucha guasa, para aplacar un poco los nervios que yo sentía, aunque queriendo proyectárselos a él.
-Ahí vienen. Me dijo sin inmutarse de mi broma, o tal vez omitiendo el tema dinero, sea ya por bronca a las autoridades o porque sencillamente no le interesaba. Cosa que en mi caso era lo contrario, ganábamos mal como funcionarios técnicos del museo y aun así nos corrían sin hacerse cargo de nada, esto me generaba sentimientos muy encontrados. Miré hacia abajo meditando esto último, tragué saliva y dirigí mi atención hacia el fletero que se abría paso a bocina limpia entre aquel lúgubre panorama urbano.
-Qué carajo ni qué carajo! Llueve de lo lindo así que mijo no le garantizo que todos esos cajones lleguen sanitos. Y por el clima y viendo la cantidad de viajes que vamos a tener que hacer, le voy a tener que cobrar a mi sobrino como un peón más, por más que a él le gusten los bichos y lo ayude en el museo. Eso es otra cosa y ya le dije al mozo que con esos gustos no creo se gane un buen pasar… con todo respeto a ustedes claro.
Nos miramos. Los comentarios lapidantes del fletero me deformaron la expresión, pero a mi colega le parecieron simple ruido de fondo, manteniendo una sonrisa y saludando al chiquilín, el sobrino del hombre, devenido peón asalariado tras otra muestra popular de que la ciencia no valía un céntimo.
-Tu tío bromea, la próxima salida de campo la hacemos juntos ¿te parece? Le dijo mi colega al gurisito mientras su tío al oír esto ya estaba abriendo su bocota en el momento justo en que me interpuse mirándolo fijamente con esas miradas que lo serenan todo, y no por ser precisamente bonitas.
-Gué, vamo´ a meterle. Dijo el fletero finalmente y comenzamos de inmediato a cargar el primer viaje de la ciencia.
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-No puede ser.
Su mirada recorría con pena los recintos en donde íbamos apilando las cajas, el olor a humedad era casi intolerable, las paredes ennegrecidas por los hongos, y en ese preciso día de lluvia, hasta las líneas de agua filtrada y las goteras de los techos hacían eco por doquier. El quinto miembro de la mudanza, una ayudante voluntaria de la Facultad ya se encontraba hacía horas ubicando baldes y tarros bajo las goteras para que esos pisos no se anegaran. Me miró descolocado, buscando una respuesta de mi parte al por qué no se lo había comentado antes. Le argumenté con la verdad, no había otro lugar más que este que nos habían designado -o recluido-. Sabía que de habérselo comentado podría herir su voluntad y esperanzas, preferí que lo viera él una vez ya todo en marcha pues no habría vuelta atrás, y mi jugada de ahí en más consistiría en continuos comentarios optimistas, haciendo de tripas corazón, para que todo prosiguiera y la adaptación fuese lo menos dolorosa posible. Le comenté que iban a refaccionarlo todo, obviamente las colecciones no resistirían las condiciones del edificio y de seguro las autoridades eso ya lo sabían -ingenuidad la mía-. Que solo necesitaríamos mantener monitoreadas las colecciones en sus respectivos cajones un breve tiempo mientras el gran nuevo museo era reacondicionado. Eso pareció calmarle -sé que no del todo-, pero finalizamos la mudanza tras once horas. Efectivamente el nuevo lugar no solamente era pequeño, sino que no contaba con las condiciones mínimas para asegurar la integridad de las colecciones, exhibiciones, laboratorios y demás. Pero me negaba a creer que todo quedaría así, no era posible, no era lógico, todo estaría bien.
Durante los siguientes días, semanas y meses nos dedicamos a acondicionar provisoriamente los diferentes espacios y dar orden a lo que sosteníamos sería socorrido por las autoridades que ahí enviaron a la ciencia. Pero el tiempo pasaba y los monitoreos a las piezas ya eran rutinas de varias veces al día, hicimos reclamos varios pero parecían caer en oídos sordos. Nunca llegaban las promesas de refacción y acondicionamiento, y la tensión crecía. Al mismo tiempo, colegas científicos que nos visitaban corrieron la voz a nivel mundial solicitando la necesidad de salvaguardar mínimamente lo que las comunidades científicas más reconocidas de todas partes del globo sabían, era un acervo valiosísimo que ni ellos mismos tenían. Fueron varias las peticiones, las cartas, las visitas, pero ya dos años corrían entrados en el segundo milenio y nada, absolutamente nada fue facilitado. Ni siquiera técnicos específicos a las variadas colecciones, con lo que debíamos ser multifuncionales. Se podría decir que nos lográbamos ambientar, acondicionando pequeñas partes en la medida en que íbamos cobrando nuestros sueldos, pero la angustia y frustración eran, sin duda, constantes. En lo personal, mis expresiones no podían emular optimismo, carecía de esa capacidad o la había perdido completamente, debiéndome delegar en mi colega las charlas a instituciones y centros educativos que nos visitaban. Él lo hacía con extremo esmero, creyendo en lo imposible, mientras yo no lograba sino deteriorarme, solo salir a las salas para devolver las piezas exhibidas durante las visitas a sus cajones, o tumbas como me había acostumbrado a decir.
Llegando a mediados del tercer año me vi en la más espantosa decisión a tomar. Cuando le comenté que renunciaría, no voy a olvidar su mano en mi hombro, su mirada cálida y comprensiva, su “te entiendo completamente” y su mano saludando, agitándose en el aire mientras cerraba tras de mí las puertas de la tumba de la ciencia uruguaya toda. No lo podía concebir y no tenía ya esperanzas. El seguía ahí con una sonrisa y una pasión inquebrantable, él era el único protector de toda la ciencia uruguaya condenada al olvido por las eternas injusticias de un país con sus prioridades culturales severamente trastornadas.  
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-Papá mira! En la tele, tu colega, el que siempre decís que es valiente. Está hablando de dinosaurios, está buenísimo!
Ahí estaba él, doce años después, un programa cultural. No pude evitar la emoción, el arrebato de lágrimas en mis ojos.
-Qué hijo… ! No se rindió. Pensé en voz alta mientras mi esposa censuraba inmediatamente mis tan poco decorosas palabras. Continuaba con la misma sonrisa y chispa que conocí, divulgando la ciencia a contra viento y marea, como siempre lo había hecho.
-Viste como era verdad que tuvimos dinosaurios! Mira! Ahí está explicando, escucha, escucha!
La hipnosis de mi hijo al ver como mi colega explicaba lo que muchos creían descabellado era hermosa, y se la debía enteramente a él. Estamos en 2015 y continúa inalterable su pasión por defender y divulgar nuestros siglos de ciencia. Y ahora hasta mi esposa se había detenido a mirar junto a mi hijo los secretos naturales más fascinantes de nuestro país. Di unos pasos atrás, viendo a mi familia consumida por la curiosidad y la maravilla y reparé en la frase “secretos naturales más fascinantes de nuestro país”, y aún, exceptuando divulgaciones como la que estaba en la tv, la palabra “secreto” continuaba también inalterada. Hace unos días me enteré de que tras 16 años, las colecciones que conocí permanecían en ese mismo sepulcro sin haber recibido otro socorro más que la persistencia de mi colega y de innumerables voluntarios. 16 años! Protegieron a pulmón y pasión nuestro mayor acerbo científico! Por unos segundos sonreí tras confirmar que la pasión de mi colega era definitivamente inquebrantable, pero inmediatamente me invadió el absurdo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo pueden haber pasado 16 años sin que el estado pusiera una pizca -por más mínima que fuese- de interés en preservar toda nuestra historia científica? No podemos estar ajenos ante tal atrocidad! 18 museos y centros culturales se abrieron de unos años a esta parte omitiendo el primero y mas importante! ¿Qué intencionalidad hay detrás de esto?, de haberla, es decir, borrar la ciencia de nuestro país, que sea ya al menos explicada! Pero si se trata de inoperancia, definitivamente TODA la cultura del Uruguay está ya en altísimo riesgo. Es absurdo.
Inmediatamente me atrincheré en el ordenador buscando información y respiré al descubrir que existe un saludable y muy racional interés en que no lleguemos a perder -si aún no es demasiado tarde- el mayor acerbo científico de nuestro país, vi una petición de firma para revertir de una vez esta penosa situación. Acabo de firmar y les invito e imploro queridos lectores a hacer lo mismo. El link es el siguiente:

https://www.facebook.com/groups/1617334655210723/?fref=ts


Gracias,
El último museo…


sábado, 24 de agosto de 2013

FUEGO EN PUNTA DE LAS CARRETAS



FUEGO EN PUNTA DE LAS CARRETAS

Como comentario histórico “a la pasada”, hace unos dos años di con un dato que durante un tiempo consideré irrelevante hasta dar con las pruebas. Las tremendas epidemias que azuzaron la ciudad de Montevideo durante el siglo XIX continúan aún en la memoria, cólera, tifoidea, fiebre amarilla, etc. Dado que aún faltaba bastante para la creación de la primera red de saneamiento urbano, uno puede imaginar durante esas plagas, un Montevideo lúgubre, plagado de ratas y boticarios “mágicos” así como también carretas, un continuo desfile de carretas entrando y saliendo de la ciudad. Su carga? Aquellos difuntos víctimas de las enfermedades conjuntamente con todas sus pertenencias por disposición del gobierno. Y literalmente se cargaba todo en carretas, desde la cuchara hasta su dueño.  Estas se dirigían en procesión hacia unos kilómetros afuera de la ciudad y unos cientos de metros adentro del río en lo que hoy es la península del barrio “Punta Carretas”, en aquel entonces, campo y caminos de tierra. Lo que allí se hacía (ya que el lugar prometía lejanía de la urbe), era incinerar toda la carga traída por las carretas, un gran crematorio de emergencia sanitaria post-colonial. En el primer comentario que me habían hecho al respecto, se mencionaban vestigios esquivos de lo que supo ser aquél un infierno. Me dirigí entonces, un lugar ahora diametralmente opuesto a lo que fue, extensos espacios verdes con vista al río en donde bien hemos sabido compartir unos mates, sin saber, claro, que a unos dos metros bajo nosotros se encuentran efectivamente los restos de oscurísimos episodios de nuestra ciudad. Hacia la costa, afloran desde pequeñas barrancas de erosión natural, de unos tres metros de altura, innumerables objetos de origen en su mayoría, europeos (por aquel entonces, los habitantes mas patricios y no tanto, encargaban por catálogo tanto mobiliario como decoración y utensilios varios, desde Europa. Es poco probable encontrar piezas completas de mas de cien años y si tuvieron la buena fortuna de escapar al fuego, pero durante mis jornadas de investigación en la zona, he dado con algunos objetos decorativos que extrañamente se mantuvieron inalterables al paso del tiempo, por lo demás, hay fragmentos de todo, azulejos pas de calais (Francia) así como porcelanas varias, muchas con sus sellos de fabrica (Inglaterra, Italia, Francia), objetos de metal como finos utensilios de cocina y restos de envases de vidrio muchos de ellos también sellados. Etc, etc. El lugar que menciono ocupa toda la península continuando por la franja costera hacia el oeste hasta el monumento al holocausto. 




domingo, 18 de agosto de 2013

LA AFICIÓN CRÓNICA A LA BÚSQUEDA DEL ORÍGEN. Parte 1


LA AFICIÓN CRÓNICA A LA BÚSQUEDA DEL ORÍGEN. Parte 1

En un principio tal vez solo habían piedras en mis manos, algunas con extrañas formas, otras con llamativos colores, pero sabía que habían piedras “llave”, o al menos la evidencia directa de una historia que trascendía (muchas veces con creces), el ejercicio de la imaginación. No una imaginación abstracta, fruto de una fantasía sin asidero real, pues no, sabía que era precisamente todo lo contrario, por más que en un principio mis conocimientos eran muy precarios.

Durante muchos años recorrí innumerables lugares del Uruguay colectando piedras muy sugerentes; hacia los primeros años y por lo general en solitario, tenía colectada ya una cantidad significativa de piedras que ahora ya revestían patrones, formas muy extrañas pero similares, aún siendo estas halladas a cientos de kilómetros de distancia. Tenía la convicción de que se trataba de fósiles. Ingenuo sobre la materia, pensaba que al menos en este país no existiría disciplina tal que estudiase esas formas a veces grotescas, a veces hermosas; pero continuaba encontrando patrones. Dudaba que fuesen dinosaurios ya que eso si me lo hacía impensable en estas latitudes (idea que años después hube de echar por borda), pero al menos en algún remoto periodo de nuestra prehistoria todo me indicaba la existencia de criaturas asombrosas. 

No tardé mucho en hacerme de bibliografía sobre la temática, confirmando aún más la existencia en lo que hoy es territorio uruguayo de magníficas especies ya extintas. Transcurrieron muchos años mas de solitaria búsqueda hasta finalmente dar cuenta de que efectivamente en Uruguay se sembraba y cosechaba la ciencia madre que daba respuesta a “mis piedras”, la paleontología. Al menos sabía que lo que hacía ya no era solo deambular en búsqueda de rocas con formas óseas, estaba participando en la reconstrucción de nuestra historia natural, una suerte de sana cacería a decir de el gran paleontólogo George Gaylord Simpson: " [...] El cazador de fósiles no mata, resucita. Y el resultado de este deporte se añade a la suma de los placeres humanos y a los tesoros del conocimiento de la humanidad. El historiador de la vida no sólo adquiere el conocimiento mediante los fósiles, sino que también toma en consideración una inmensa cantidad de hechos pertinentes de otros campos de las ciencias de la Tierra y de las ciencias de la vida: entrelaza ambas disciplinas en una interpretación global sobre qué es el mundo de la vida y cómo ha llegado a ser así. Por último, está destinado a reflexionar aún más profundamente y a enfrentarse con los enigmas del significado y la naturaleza de la vida y del hombre, así como también con los problemas de la conducta y los valores humanos. La historia de la vida está inmersa directamente en todos estos enigmas y problemas y la comprensión de su propia importancia exige más investigación en esta materia: la Paleontología".

Tras un punto en que no pude más que recurrir al encuentro de los verdaderos artífices de esta ciencia, comencé a tomar real conciencia de lo que tenía frente a mí: una historia que apenas comenzaba con la búsqueda y hallazgo de vestigios fósiles, su transcurso era sin dudas el elemento más enriquecedor: reconstruir “mundos perdidos”, y aquí el goce personal mas grande, compartirlo con cuanta persona pudiera!

 De ahí en más mi afición se convirtió en pasión, y como toda actividad pasional, me vi en un enriquecedor camino de creciente vinculación con profesionales y aficionados de esta ciencia que muchos años atrás consideraba un “extraño síndrome”. Muy gratificante fue mi aventura por el fascinante mundo de la historia natural, no solamente en los resultados tras tantas salidas de campo y expediciones, sino en el espectro humano (hallazgo mas valioso), habiendo cosechado amistades con las cuales hasta el día de hoy nos desvelamos compartiendo esta misma pasión.



No faltará tampoco oportunidad en que me sea dable compartir con Uds. la profunda ampliación que posteriormente aconteció (de forma natural y esperable) en mí, extendiendo mi curiosidad hacia ciencias como la arqueología, antropología, neurología entre otras  que, de una forma en la que aún me es casi imposible describir, se fueron amalgamando entre sí, y hasta con mi propia profesión de psicólogo, generando en mí una cosmovisión en la que ya me resulta insatisfactorio el abordaje de un fenómeno sin apelar a la transdisciplinariedad. El acto de comprender, parte de la premisa de que existe una fuerte interconexión causal entre todo conocimiento humano.


Algunos agradecimientos bien sentidos:

-Lic. Yennifer Hernández, por guiarme con extrema amabilidad por el universo de las ciencias naturales.
-Lic. Andrés Rinderknecht, mi primer maestro en paleontología.
-Lic. Nicol De León, por rezongarme.
-Dr. Daniel Perea, un referente y ejemplo de humildad y disposición.
-Prof. Vivian Cuns, por confiarme su apoyo en los momentos precisos.
-Sr. Daniel Gómez Minam, no solo compañero en esta pasión, sino amigo incondicional de aventuras.
-Sr. Jorge Gallas, ahora gran divulgador y encargado de la sección paleontología del museo del Colegio Pio, con quien supimos identificarnos en aquellos comienzos inciertos.
-A los atentos guías de los museos Armando Calcaterra y Bautista Rebuffo (Colonia Del Sacramento)
-Sra. Rosario Berretta Carballido, pasional guía del museo Casa de Artigas (Sauce).
-Sr. Daniel Veloso, gran periodista científico siempre dispuesto a divulgar nuestro acerbo patrimonial.
-Inv. David Franco, por el apoyo contínuo, su pujanza, pasión y comromiso en las investigaciones que hemos llevado conjuntamente con el Grupo Paleontológico De Exploración Regional (Santa Fé, Argentina).
-Lic. Andrés Irasuste por su incondicional estímulo e interés.
-A la revista Uruguay Natural, por ofrecernos desinteresadamente un espacio de divulgación.
...y a todos los que de alguna manera me estimularon en esta pasión.

jueves, 8 de agosto de 2013

EL FANTASMA DEL BAGRE



EL FANTASMA DEL BAGRE


El día seis de marzo de 2010 me dirigí a la localidad de San Luis, a 65km de Montevideo, a realizar una prospección paleontológica sobre unos sedimentos pleistocénicos, como solía hacerlo con relativa frecuencia. Conversando con un vecino del lugar, curioso por lo que yo estaba realizando, me comenta la existencia de un naufragio en esa zona.

Yo, apasionado por las historias de mar, retorné el 24 de abril de 2010 a San Luis, ya con un poco mas de tiempo para interiorizarme aún más, y en lo posible, dar con el paradero del buque.
Me contacto nuevamente con aquel vecino y le comento mis intenciones de investigar ese naufragio, le pregunto si el buque era británico (para cerrar relativamente el espectro temporal), y el me comenta que no, pues un día, un muchachito pescando en la desembocadura, enganchó lo que suponía era una rama y resultó ser un escudo real español, esta pieza fue vendida entre vecinos, tal es así que mi contacto me comentó que muchos vecinos utilizaron partes del naufragio para remodelar y/o decorar sus casas.
Mi última pregunta y ya guiado por el entusiasmo, era el paradero exacto del naufragio. Unos doscientos metros arroyo adentro desde la desembocadura. Tomando entonces mi equipo, emprendí mi marcha hacia el lugar. El primer obstáculo fue lo escarpado del terreno (un monte espeso con algunos basurales), solo hacía posible la entrada por medio de una embarcación con la cual yo no contaba. Recordando entonces otro dato, como mencioné, muchas casas tienen decoraciones con piezas del naufragio, por lo cual comencé a recorrer lentamente las casas riverenses del arroyo buscando indicios del naufragio; y ahí los encontré. Almacenes y casas con nombres que aludían a lo que yo estaba buscando, oficiaron de mapa. Enormes maderos con remaches típicos de estilo español se comenzaban a ver tal cual decoraciones.
Tomo nuevamente mi equipo y bajo hacia el arroyo por un terreno aún mas escarpado pero por suerte más corto en distancia. Llego a la rivera y me frustro al no observar nada a pesar de la bajante, y no fue sino hasta que el sol dio de pleno en las aguas, en donde por fin pude ver sinuosamente la silueta de lo que aparentaban ser las cuadernas de una fragata. Tomé registro fotográfico del mismo y los alrededores y entrando al agua, a una profundidad de un metro aproximadamente y con bruscos desniveles comencé a recorrer un suelo con grandes cantidades de madera remachada y estructuras de acero, mezcladas con rocas y ramas, así también encontré pequeños fragmentos de metal dispersos en las riberas. Finalizando esta primera etapa de investigación de campo, recupere algunas muestras de madera y metal para en lo posible lograr dar una determinación temporal estimativa.






Antecedentes y referentes históricos:

En lo que respecta a referencias bibliográficas materiales sobre el naufragio, la única información pasible de recuperar se encuentra en dos artículos periodísticos. Uno del diario “El País”, que aparentemente publicó un artículo en el año 1995, y posteriormente otro similar publicado por “La República” el 10 de setiembre del 2000.

La restante información la recabé de un artículo digital redactado por Gerardo Sosa el 28 de junio de 2009, llamado “Desde hace doscientos años no descansan en paz”, en la cual remite a un estudio realizado por el Investigador Histórico Prof. Daniel Torena. En este, se menciona la posible identidad del barco como perteneciente a la flota anglo-portuguesa del Capitán John McNamara (guerra anglo-española, 1761-1763) dado estudios comparativos con naufragios hallados en Neptunia, Atlántida y El Fortín, aunque si bien aún no se determinó la identidad de esta embarcación, también se maneja la hipótesis de que fuesen los restos de una fragata hundida en Neptunia, pero en este caso la fecha es 23 de noviembre de 1806, descartando la hipótesis de la flota de McNamara. Basicamente este artículo redactado en 2009 cita: Los estudios, hasta el momento reservados, también dan cuenta que la embarcación a la que se refieren los vecinos de San Luis podría existir. En este balneario se encontrarían vestigios de un barco que se hundió, como consecuencia de las inclemencias del tiempo, en las proximidades del arroyo El Bagre.”

Otros antecedentes, son los recuperados por la Guía Ecoturística Ivana Crocce en un artículo llamado “Arroyo El Bagre, un refugio ecológico para preservar”, publicado en el almanaque del BSE en el año 2009, en donde recoge testimonios de vecinos que dicen que el barco estuvo a flor de agua durante muchísimo tiempo y que inclusive lo utilizaban de puente para cruzar el arroyo. Posteriormente comenzó a hundirse hasta desaparecer por completo, pero mientras estuvo visible, cuentan los vecinos que básicamente fue desmantelado y muchas de sus piezas aún las conservarían familias de San Luis.

Conversando con vecinos del balneario, lo que yo pude recolectar fue un sinnúmero de historias, algunas mas cercanas a las escasas investigaciones, otras casi fantásticas y algunas bastante seductoras, que hablan de la existencia de cañones e inclusive el sitio donde acampó la tripulación. Aún así, solo se sabe que ahí yace “casi fantasmal” un muy misterioso naufragio.

DEFENDAMOS LO QUE ES DE TODOS.


DEFENDAMOS LO QUE ES DE TODOS.


Quiero compartir en esta ocasión una temática que considero una meta a lograr, pilar sin el cual, muchos esfuerzos caerían al vacío. Me referiero a la predación patrimonial.
Bien sabemos que nuestro legado histórico es parte neural de nuestra cultura, ya sean estos materiales o no, ciertamente y por diversas razones tendemos a centrar el foco en determinados elementos patrimoniales a los cuales nos sentimos mas allegados, son motivo de nuestro orgullo aquellas cosas que nos representan y nos dan una identidad social. A manera ilustrativa pensemos en la celebración del Día del Patrimonio, en donde es hermoso tomar nuevamente contacto con aquello que hemos sido, aquello que nos ha marcado como sociedad, el acerbo patrimonial indígena es muy popular; familias observando nuestras antiguas maneras expresadas ahora a través de herramientas líticas y utensillos variados que se hemos conservado con un profundo sentimiento de identidad traducido en la popular frase “garra charrúa”, refiriéndonos a la pujanza guerrera de nuestros antecesores. Otros en cambio se identifican con símbolos a veces disímiles que formaron parte de la noche de nuestra sociedad estado. Pero sea cual fuere el elemento patrimonial al cual nos podamos sentir mas afectos, el patrimonio en su integridad es de todos y todos debemos velar por él. Si bien contamos con entes gubernamentales dedicados a ello, consideramos que aún falta. Difícil empresa es proteger la integridad que nos representa, por tanto, y remitiendo nuevamente a nosotros como ciudadanos, no debemos limitarnos a la “tranquilidad” de que todo patrimonio es fieramente defendido y protegido, pues no es así.
La paleontología nacional por ejemplo, comenzó desde un sentimiento pasional por parte de pioneros que dieron cuenta de que TENEMOS una historia que contar y proteger. Mencionando desde mi mas profunda humildad pero mayor orgullo, personas como el Doctor Bautista Rebuffo y el Profesor Armando Calcaterra, estos grandes visionarios comenzaron a sembrar una disciplina desde su propia pasión, que extendieron en forma ardua pero con el convencimiento de que estaban haciendo lo correcto para con nuestra ciencia y cultura; a esto le llamo humildemente un sentido ético-patrimonial. Sin contar con el equipamiento e información de la cual los investigadores actuales disponen, dedicaban tenazmente largas jornadas de extracción, determinación, clasificación y un estudio permanente de textos en su mayoría (sino todos) del extranjero. Aunque lo fundamental fue su legado no solo en material científico, sino en SER verdaderos ejemplos a seguir, pues  dedicaron prácticamente su vida a la preservación y difusión de una parte de nuestro pasado muchas veces, paradójicamente olvidado.
En los tiempos actuales somos muchos los que defendemos ese sentido ético-patrimonial, pero lamentablemente aun existen aquellos que no.
No es poco frecuente que alguna persona observe una pieza paleontológica o arqueológica y pregunte “¿cuánto vale?”, partiendo de esa base podríamos perfectamente preguntarnos “¿cuánto vale ser uruguayo?” o “¿cuánto vale ser científico?”; sin lugar a dudas, es una pregunta paralógica, es decir, el caer en un sinsentido tan grande como  cuestionarse “¿por que es día y no de noche?”.
Aún así, para colmo de males existe gente dedicada a tasar lo invaluable, y por ende a buscar rédito económico.
Por otra parte están aquellos individuos que sin buscar necesariamente ganancias de lo que nos pertenece a todos, obran sin escrúpulo alguno. Y es aquí en donde pretendo generar una cierta conciencia. Han y siguen habiendo casos de lo que se denomina “predación”, es decir, que muchas veces frente a una pieza, algunas personas se dejan llevar por el estímulo propio de la novedad sin tomar los recaudos pertinentes al caso. Esto puede deberse a dos causas, quien no conoce (y por eso insisto en esto) que es lo que acaba de encontrar, y quien CONOCIENDO (el peor de los casos), actúa sin dar aviso a las autoridades de los ministerios departamentales o museos e inclusive sin dar aviso a nadie por la falsa idea de que eso que encontró puede dividirse en números o ser motivo de elogios a su persona.
Los resultados de estas actividades nos afectan a todos, pues contamos con profesionales muy capacitados a los cuales nos debemos en el sentido de que ellos tienen el conocimiento, la pasión y el sentido ético-profesional para dar el mejor futuro a tal o cual hallazgo, y a su vez, ellos mismos son los que a nos devuelven a nosotros como sociedad el conocimiento sobre  esa determinada pieza de la cual todos tendríamos que sentirnos orgullosos.
Por ende, nosotros, investigadores aficionados, debemos tener esa conciencia similar a la ética profesional; me referiero entonces a una ética del patrimonio, dando cuenta de este como un bien invaluable de todos nosotros.
Que hacer si damos con una pieza que no conocemos o no podemos extraer:
Informar inmediatamente a las autoridades municipales/culturales mas cercanas, lamentablemente muchas veces se han dado casos de pérdidas de enorme valor científico por negligencia al momento de realizar la denuncia de un hallazgo.