sábado, 25 de junio de 2016

Reflexiones sobre San Nicolás de Bari y la "Conquista del Norte"

Un misterio en resolución.
Faldas del Cerro Largo, finales del SXVIII.
Una defensa en ruinas, con el potencial de redefinir la historia.
Marzo 2016, una particular sociedad de investigadores abraza el desafío.

Reflexiones sobre San Nicolás de Bari y la "Conquista del Norte"


Ha sido costumbre ampliamente repetida, -haciéndose esta casi un hábito- de los ensayistas históricos, el tomar al Río de la Plata y sus ciudades-puerto como el casi exclusivo centro de expansividad hacia el posterior estudio de los más altos logros patrios en aquellos lugares “de allá lejos y hace tanto”. Fue una comprensible necesidad práctica para explicar los aconteceres de aquellos terruños más lejanos de nuestra Orientalidad, casi como en un tick, se apeló -en muchos casos de forma sistemática-, a centralizar las investigaciones en Montevideo y Buenos Aires, para luego partir y atar cabos con los otros lejanos puntos cardinales. Esto es empero muy loable y sin lugar a dudas por demás lógico, dado que las bases logísticas y estratégicas se daban por lo general en el conflictivo sur, en sus márgenes del Río de la Plata; Sin embargo, estas empresas llevadas a cabo por investigadores e historiadores de todas partes, llegaban si se quiere “tarde” a pormenorizar en los puntos más alejados, dejando muchas veces al azar las conexiones y al porvenir las explicaciones.

Durante tres jornadas en el mes de marzo de 2016, partiendo desde el fortuito hallazgo documentación "dormida" por mas de doscientos años, el estudio de esta y la prospección in-situ de nuevos sitios arqueológicos no conocidos hasta el presente, investigadores provenientes de cinco departamentos del Uruguay, decidimos hacernos de ese porvenir a la deriva, tomando el legado de brillantes pioneros en el arte de hurgar nuestra historia desde los mismos lugares pasibles a brindar más conocimientos, pero planteamos un punto de partida si se quiere opuesto, partimos aquí desde el norte, para arribar a esos cabos sueltos que desde el sur se han dejado, en esta ocasión, a sotavento.


Tras las primeras conclusiones hipotéticas de rigor investigativo sobre estos "nuevos" documentos, dimos plena cuenta del valor de las primeras familias que poblaron el norte de nuestro territorio, haciendo frente a la incertidumbre, a un constante vaivén bélico, a las arremetidas desesperadas de nuestros nativos, así como también a los temibles “bandeirantes”. Estas familias pioneras, en una tierra de nadie y hasta “inconveniente”, cimentaron nuestra independencia y consolidaron nuestra nación, es cierto tal vez que no tenían la pompa de aquellas familias centralistas del sur, pero tuvieron el coraje suficiente para hacer fértiles las rocas, limitar al invasor en un grito desesperado de “esta es mi tierra”, en donde las circunstancias las convirtieron en una defensa más. Consideramos pues a estos pioneros pobladores del norte como un todo, una fortaleza inexpugnable ante el avance portugués, pues, las certezas derivados de esta investigación -aún en curso-, indicarían que el destino hizo devenir chacras en guardias -y el valor cardinal de éstas-, y estancias en fuertes, ese destino tenaz, tozudo, tal vez personificado y sin lugar a dudas abanderado de nuestra libertad. 

A la luz de estos nuevos hallazgos ocurridos desde finales del 2015 hasta marzo del 2016, dejamos planteadas algunas preguntas que como aquellos cabos de los que nos hicimos en una primera instancia, pueden o no quedar sueltos a ulteriores investigaciones, pero nos es de altísimo rigor, el dar a conocer esta nueva serie de hipótesis, que sin lugar a dudas sumarán una “estrofa” más a la arrítmica melodía de nuestra historia, acercando las fronteras sur y norte, descubriendo a esta última de la niebla que la memoria histórica nos presentó durante décadas de textos de estudio como tan lejana que casi no es nuestra. La sorpresa tomó repentinamente el protagonismo demostrando que supimos pisar firme frente al opresor, donde siempre creímos no estar.


No es algo para nada infrecuente al revisar nuestra historia el dar plena cuenta de que ésta está marcada a sangre y fuego por conflictos y disputas territoriales desde la noche más lejana de sus tiempos, sea ya entre tribus nativas o tras la occidentalización de las Américas, en donde los intereses de los distintos y variados imperios mostraron su faceta más cruenta. Desde aquella “tierra de ningún provecho” tal como la veían los primeros adelantados españoles, hasta el gran provecho que casi mágicamente se descubrió una vez el explorador criollo Hernandarias arreara miles de cabezas de ganado por todo el territorio: Cuero, la vaquería cimarrona fue durante un muy largo periodo el oro Oriental que colmaba las bodegas de los buques europeos. Previamente a esta veta germinal del capitalismo más temprano, la boca de entrada a las Indias Occidentales fue, claro está, el Río de la Plata y no en vano toda Europa puso sus ojos en nuestros puertos naturales, dando origen de esta manera a los primeros poblamientos estratégicos, devenidos por lógica en fuertes, ya que quien dominase la entrada-salida al corazón de las Indias, todo lo dominaba. Desde el emplazamiento indígena guaraní en Paysandú, las fortificaciones de Soriano, El “bloque” coloniense, la apresurada Montevideo, siguiendo por el “infierno de los navegantes” en las baterías de Maldonado, y los fuertes de Rocha; claro estaba que un territorio tan defendido tenía su valor. La pregunta que surgió haciendo un ejercicio imaginativo de retrospección a ese cordón defensivo desde el litoral hacia el atlántico sin dudas fue: ¿El norte, estaba completamente indefenso?, ¿Era una cuestión únicamente de costas?

Al remitir a nuestras defensas a lo largo de la historia, por lo general rememoramos las imponentes murallas de la Colonia del Sacramento, las fortalezas de Sta. Teresa y San Miguel y alguna batería artillada como lo son las de Isla Gorriti en Maldonado. Y todas enfrentando la costa. Empero supimos defendernos de maneras un tanto más inverosímiles si se quiere, y en lugares en donde no mucho empeño ponían las coronas en atender. Este sistema defensivo de fuertes y baterías estaba unido a una gran cantidad de “guardias” de campo que a veces, ni siquiera llegaban a ser cuarteles, pero operaban de la misma manera y ante enemigos que el mismo rostro tenían tanto desde la costa como desde la tierra más profunda. Y su ubicación tampoco estaba dejada al azar. Muchas veces, recorriendo el interior profundo como algunos prefieren llamar a los territorios más alejados de Montevideo y costas, observamos ruinosos emplazamientos que rápidamente agregamos a la categoría de “tapera”, considerándolo un viejo casco de estancia estropeado por el tiempo, de estos efectivamente tenemos cientos que no son más que eso, hasta que el súbito cruce de la documentación adecuada nos llevó a indagar algo más, y una vez en campo, esas otrora “taperas”, se fueron perfilando como algo sensiblemente diferente a una gran edificación, ciertos detalles arquitectónicos, su emplazamiento territorial estratégico y la disposición de sus “ruinas”, nos invitaron a investigar su identidad. En muchos casos, tras largas investigaciones no encontramos sino una “falsa alarma”, tratándose a fin de cuentas de una estancia algo defendida ya sea de nativos, vaquería, entre otros quehaceres “matreros”, pero en muy pocos casos se tiene la suerte -como la tuvimos- de dar con un lugar que, de posicionarlo en su auge, razones tenía para erguirse en murallas y no precisamente de bandoleros sueltos. Esta es la investigación de una de ellas, situada de forma casi inaccesible en la falda del Cerro Largo.



Para mejor comprensión debemos situarnos unos siglos atrás, en una tierra olvidada pero susceptible de repentinos arrebatos territoriales. Nos situaremos entonces en el actual Cerro Largo hacia finales del SXVIII y tres potencias: El brioso imperio de Portugal, La decadente Corona Española y el incipiente pueblo Oriental, que derivaría en una República, no mucho tiempo mas adelante.
La disputa por el territorio Oriental entre Portugal y España remite prácticamente a los inicios de la conquista alrededor del SXVI y desde todos los flancos. La misma fundación de Montevideo responde a un acto de respuesta rápida ante el avance portugués en el sur desde su ya emplazado fuerte de Colonia del Sacramento, venían a por el puerto natural de Montevideo, estratégicamente perfecto, y parte una expedición española encabezada por bruno Mauricio de Zabala para establecer en el mismo una precaria plaza. La situación en el norte del territorio, conocido en ese entonces como las Misiones Orientales, de gran presencia Jesuítica y Guaraní, tomaba cada vez más el caris de lo que en el sur se venía sucediendo, una permanente conquista sobre lo otrora conquistado.
Nos posicionamos entonces en un territorio con una franja costera de E a O fuertemente defendida y disputada, ruta de tránsito de los principales valores de exportación a Europa -el oro y plata del Alto Perú no tenía manera de llegar a Europa evitando el Río de la Plata-, sin embargo, el norte permanecía como un lugar altamente inconcluso, percibido como predominantemente hostil por su vasta presencia nativa y criminal -bandeirantes-, por lo cual no era el destino más deseado a poblar por las familias que llegaban al nuevo mundo. Sumándose a esto, su topografía grandemente desconocida generaba en las poblaciones del sur una suerte de desinterés un tanto incómodo de tratar.
El caso es que tarde o temprano debía ser tratado política y militarmente ya que el descuido en la “retaguardia” oriental podría poner a las colonias españolas en zozobra. La tormenta portuguesa, si bien mantenía al territorio bastante ocupado en los fuertes costeros, avanzaba lenta pero segura en un territorio tal vez, muy conscientemente relegado por parte de los Virreyes españoles que velaban más por el seguro tránsito del oro y plata desde el Río de la Plata hacia esa Europa ya en una crisis crónica que no hacía más que acaudalar noblezas corruptas y solventar sus propias guerras, tales como las conocidas “Guerra europea de los treinta años”, la Ignominiosa “Guerra de los ochenta años en Flandes” y las posteriores Guerras peninsulares bajo las garras Napoleónicas, planteando un panorama de un liso y llano saqueo a las Américas por “gastos infames” al otro lado del Atlántico. Claro es entonces que los delegados de las coronas -principalmente española- en estas tierras, velaban por nada, excepto formalismos diplomáticos para “legitimar” el contrabando y el corso, que respondía básicamente al compulsivo transporte de esos preciados minerales, la costa era el enclave, la tierra adentro, se pensaría después y tal vez tarde. Pero ¿Qué era entonces de esas tierras a las que la corona de momento les daba la espalda por razones netamente económicas?, ¿Quiénes las poblarían?, ¿Qué papel jugaban -a solas-?

La Sociedad de Amigos de la Tradición del Uruguay (SATU), con el apoyo de la Intendencia Municipal de Cerro Largo, del Museo de Historia Natural y Antropología de Cerro Largo y del Museo Sin Fronteras (Rivera), emprendió tras una exhaustiva investigación de nuevos documentos y un sistemático trabajo arqueológico in-situ de emplazamientos geográficos, una de las mas ambiciosas empresas investigativas en materia de historia nacional logrando una muy amplia repercusión de prensa. Los descubrimientos arqueológicos, cotejados con la nueva documentación hallada, marcaron fuertes hipótesis relacionadas con los primeros poblamientos criollos en el norte de nuestro territorio y su defensa, tomando preponderancia la "mítica" guardia de San Nicolás de Bari, redefiniendo procesos y personajes tales como Agustín de la Rosa. Si bien el capítulo aún no está cerrado, dada la contundencia de los hallazgos y las primeras hipótesis, la historia tal como la conocemos, podría repentinamente mostrar aristas de una significación tal, que no permitiría lugar a la duda sobre la realidad fáctica de que la historia de nuestra Patria aún puede sorprendernos de maneras insospechables.

Inv. Gonzalo Fierro Osores


Miembros investigadores SATU:
-Sr. Marcos Sosa Cantera (Cerro Largo).
-Sr. Renzo Loggio (Salto).
-Sr. Gonzalo Fierro Osores (Montevideo).
-Sr. Channick Hernández (Colonia).
-Sr. Christian Leal (Rocha).
-Sr. Federico Ricagni (Cerro Largo).



*La Sociedad de Amigos de la Tradición del Uruguay es una organización sin fines de lucro orientada a la investigación, defensa, divulgación y democratización del conocimiento histórico-patrimonial nacional.

*Prensa:


*Próximamente primer informe sobre mencionada investigación: 


*Video:




lunes, 11 de enero de 2016

SI BIEN FICCIÓN, LA SIGUIENTE HISTORIA ESTA BASADA EN UN 100% ACONTECIMIENTOS E INFORMACIÓN REALES. A LA FECHA, 2016, EL MUSEO NACIONAL DE HISTORIA NATURAL PENDE DE UN HILO.



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EL ÚLTIMO MUSEO
Crónicas del ocaso de la ciencia en el Uruguay
Texto y fotografías: Gonzalo Fierro Osores. Investigación: Cecilia Martínez.



-Viniendo el sobrino del fletero ya seríamos unos cinco.
Parecía aquello algo lisa y llanamente, descabellado. Pero lo que menos yo quería era desalentarlo, ya por demasiadas había él pasado en relación a lo que ahora -y nuevamente-, nos tenía en vilo, y que sería una verdadera injusticia el darle plena noticia de hacia donde la realidad de los hechos apuntaba; Pero conociéndolo, y a juzgar por ese peculiar brillo en sus ojos que no mostraban otra cosa sino su tan aguerrida tenacidad, ese tipo de estoicismo que nace de la más profunda pasión por aquello que, sobre sus hombros él mismo se estaba poniendo sin recibir más paga que un sueño. No era tanto un logro personal -y esto es lo más noble de él-, sino que trataba de un sueño para casi dos siglos de ciencia, pero por sobre todo su futuro y permanencia. No, el nunca daría marcha atrás por más amargas que fuesen las noticias. Pues desde hacía ya varias jornadas y ahora 48 horas prácticamente sin reposo, -tal vez alguna que otra siesta entre el cajonerío-, no cesábamos de embalar las piezas, previa limpieza y minuciosa revisión de sus respectivas clasificaciones. Con la meticulosa suavidad de quien ama lo que entre manos tiene, aprestaba todo para la mudanza. De a momentos tomaba una pieza y cesaba el tiempo mientras la observaba melancólico con sus rasgados ojos tras tantos años de trabajos en campo, afilados, prestos a detectar lo inimaginable. La mirada que posaba sobre el objeto dejaba entrever la angustiante pregunta de si sobreviviría una vez más otra mudanza, o más que esto último, una verdadera travesía, ya que no eran muebles lo que nos disponían desplazar. Remarco: Sin duda había que darle ánimos.
-Estamos entrando en un nuevo milenio, y viste que el progreso es progreso y esto no queda por fuera, va a salir todo de maravilla! Le decía yo, conociendo hacia donde se dirigiría el acervo científico más grande e importante del Uruguay, lo cual, estaba muy lejos de lo que “maravilla” pueda o no significar, más bien se encontraba en las antípodas de esta. Sencillamente -y esto es lo que yo me empeñaba a ocultarle- trataba un depósito de último momento y la promesa de una condena al olvido asegurada. Básicamente las prioridades gubernamentales de finales de los ’90 en materia cultural estaban expulsando a la ciencia de este territorio, y este muchacho, amable y soñador, era casi lo único que se interponía.
Entre las tareas de llevar, traer, mover, limpiar, ordenar, clasificar y soñar, se suscitaban interesantes momentos de charla, gracias a las cuales, con el correr de las jornadas fui tomando real dimensión sobre lo que entre manos teníamos. Yo siempre me había limitado a mis funciones básicas, pues siempre consideré no contaba con los arrestos necesarios para ya sea dar una charla, un recorrido o un brote espontáneo de información transmitida con la pasión que a él si lo caracterizaba, y con estas conversaciones que manteníamos entre plena tarea, fuere ya por su universal conocimiento y su peculiar forma de transmitirlo que, muchas veces en el fragor de la explicación, hasta sus movimientos seguían la intensa cadencia de sus palabras, invitaba de forma maravillosa a ir más allá, pues de eso se trata la pasión. Y fue así que paulatinamente comencé a enterarme de que el Museo Nacional de Historia Natural que estábamos preparando para una mudanza -dado que las remodelaciones del Teatro Solís así lo “requerían”-, fue el primer museo de nuestro país, fundado en 1837 en donde el mismísimo Dámaso Antonio Larrañaga -todos conocemos sus aportes a este país-, formó parte de la comisión fundadora, y como si este dato fuera poco, ni mencionar entonces que el museo formó además parte del Ideario Artiguista. O él estaba loco o el país y quienes nos invitaban a mudarnos lo estaban.

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-¿Pero estás seguro? Le pregunté ya demasiado impactado.
-Fijate vos mismo, me dijo, extendiéndome una serie de documentos que ya por su fragilidad, hablaban de no menos de 150 años, siendo empero su contenido lo que finalmente logró enmudecerme. Estaban ahí, las firmas, los nombres, todo. Parecía surreal e inmediatamente levanté mi cabeza fijando mi mirada a la suya, sumido en un estado de inercia mientras pensaba -ya con las pruebas en mi mano-, que ese joven científico en sus 20 y algo mozos, sostenía en sus hombros mucho más que la mayor y mejor colección de material sobre todo lo que vivió y vive en este país, sostenía la médula cultural, raíz y eje de la ciencia de una república. Me dejé caer hacia atrás apoyándome sobre unos cajones que para mayor espanto -pues eso sentí-, tenían la inscripción: “colección paleontológica Dr. Teodoro Vilardebó. Creí desfallecer.
-Y otras tantas colecciones donadas por grandes personalidades de nuestra historia -añadió-, sin mencionar la biblioteca científica, una de las cinco más importantes de Sudamérica, en donde no solo tenemos los registros detallados de naturalistas pioneros en esta región, además de contar con textos del siglo XVIII. Imaginate que en esos textos se encuentra la evolución científica de este país y la región, de perderse o estropearse tal vez solo una página de uno de esos textos, no nos quedaría más que subirnos a una máquina del tiempo, así que …
-¿Así que? –Añadí ansioso y estupefacto.
-Nada, todo saldrá bien. Concluyó grave y meditativo.
La mañana era fría y con una molesta llovizna que, en esa zona de la ciudad, donde los vientos del río duplican la sensación térmica y hacen llover casi de forma horizontal, lo único vertical y firme cuando llegué era su estampa apacible, media hora antes de comenzar a cargar la ciencia uruguaya en la parte de atrás de la vieja camioneta Willys que pudimos costear con lo ahorrado de una serie de charlas, menos la última, la cual yo le porfié sería la más rentable aunque él se empacó en brindarla gratuitamente ya que asistirían muchos niños y jóvenes.
-¿Y quién va a pagar el resfrío que nos vamos a agarrar? Le dije con mucha guasa, para aplacar un poco los nervios que yo sentía, aunque queriendo proyectárselos a él.
-Ahí vienen. Me dijo sin inmutarse de mi broma, o tal vez omitiendo el tema dinero, sea ya por bronca a las autoridades o porque sencillamente no le interesaba. Cosa que en mi caso era lo contrario, ganábamos mal como funcionarios técnicos del museo y aun así nos corrían sin hacerse cargo de nada, esto me generaba sentimientos muy encontrados. Miré hacia abajo meditando esto último, tragué saliva y dirigí mi atención hacia el fletero que se abría paso a bocina limpia entre aquel lúgubre panorama urbano.
-Qué carajo ni qué carajo! Llueve de lo lindo así que mijo no le garantizo que todos esos cajones lleguen sanitos. Y por el clima y viendo la cantidad de viajes que vamos a tener que hacer, le voy a tener que cobrar a mi sobrino como un peón más, por más que a él le gusten los bichos y lo ayude en el museo. Eso es otra cosa y ya le dije al mozo que con esos gustos no creo se gane un buen pasar… con todo respeto a ustedes claro.
Nos miramos. Los comentarios lapidantes del fletero me deformaron la expresión, pero a mi colega le parecieron simple ruido de fondo, manteniendo una sonrisa y saludando al chiquilín, el sobrino del hombre, devenido peón asalariado tras otra muestra popular de que la ciencia no valía un céntimo.
-Tu tío bromea, la próxima salida de campo la hacemos juntos ¿te parece? Le dijo mi colega al gurisito mientras su tío al oír esto ya estaba abriendo su bocota en el momento justo en que me interpuse mirándolo fijamente con esas miradas que lo serenan todo, y no por ser precisamente bonitas.
-Gué, vamo´ a meterle. Dijo el fletero finalmente y comenzamos de inmediato a cargar el primer viaje de la ciencia.
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-No puede ser.
Su mirada recorría con pena los recintos en donde íbamos apilando las cajas, el olor a humedad era casi intolerable, las paredes ennegrecidas por los hongos, y en ese preciso día de lluvia, hasta las líneas de agua filtrada y las goteras de los techos hacían eco por doquier. El quinto miembro de la mudanza, una ayudante voluntaria de la Facultad ya se encontraba hacía horas ubicando baldes y tarros bajo las goteras para que esos pisos no se anegaran. Me miró descolocado, buscando una respuesta de mi parte al por qué no se lo había comentado antes. Le argumenté con la verdad, no había otro lugar más que este que nos habían designado -o recluido-. Sabía que de habérselo comentado podría herir su voluntad y esperanzas, preferí que lo viera él una vez ya todo en marcha pues no habría vuelta atrás, y mi jugada de ahí en más consistiría en continuos comentarios optimistas, haciendo de tripas corazón, para que todo prosiguiera y la adaptación fuese lo menos dolorosa posible. Le comenté que iban a refaccionarlo todo, obviamente las colecciones no resistirían las condiciones del edificio y de seguro las autoridades eso ya lo sabían -ingenuidad la mía-. Que solo necesitaríamos mantener monitoreadas las colecciones en sus respectivos cajones un breve tiempo mientras el gran nuevo museo era reacondicionado. Eso pareció calmarle -sé que no del todo-, pero finalizamos la mudanza tras once horas. Efectivamente el nuevo lugar no solamente era pequeño, sino que no contaba con las condiciones mínimas para asegurar la integridad de las colecciones, exhibiciones, laboratorios y demás. Pero me negaba a creer que todo quedaría así, no era posible, no era lógico, todo estaría bien.
Durante los siguientes días, semanas y meses nos dedicamos a acondicionar provisoriamente los diferentes espacios y dar orden a lo que sosteníamos sería socorrido por las autoridades que ahí enviaron a la ciencia. Pero el tiempo pasaba y los monitoreos a las piezas ya eran rutinas de varias veces al día, hicimos reclamos varios pero parecían caer en oídos sordos. Nunca llegaban las promesas de refacción y acondicionamiento, y la tensión crecía. Al mismo tiempo, colegas científicos que nos visitaban corrieron la voz a nivel mundial solicitando la necesidad de salvaguardar mínimamente lo que las comunidades científicas más reconocidas de todas partes del globo sabían, era un acervo valiosísimo que ni ellos mismos tenían. Fueron varias las peticiones, las cartas, las visitas, pero ya dos años corrían entrados en el segundo milenio y nada, absolutamente nada fue facilitado. Ni siquiera técnicos específicos a las variadas colecciones, con lo que debíamos ser multifuncionales. Se podría decir que nos lográbamos ambientar, acondicionando pequeñas partes en la medida en que íbamos cobrando nuestros sueldos, pero la angustia y frustración eran, sin duda, constantes. En lo personal, mis expresiones no podían emular optimismo, carecía de esa capacidad o la había perdido completamente, debiéndome delegar en mi colega las charlas a instituciones y centros educativos que nos visitaban. Él lo hacía con extremo esmero, creyendo en lo imposible, mientras yo no lograba sino deteriorarme, solo salir a las salas para devolver las piezas exhibidas durante las visitas a sus cajones, o tumbas como me había acostumbrado a decir.
Llegando a mediados del tercer año me vi en la más espantosa decisión a tomar. Cuando le comenté que renunciaría, no voy a olvidar su mano en mi hombro, su mirada cálida y comprensiva, su “te entiendo completamente” y su mano saludando, agitándose en el aire mientras cerraba tras de mí las puertas de la tumba de la ciencia uruguaya toda. No lo podía concebir y no tenía ya esperanzas. El seguía ahí con una sonrisa y una pasión inquebrantable, él era el único protector de toda la ciencia uruguaya condenada al olvido por las eternas injusticias de un país con sus prioridades culturales severamente trastornadas.  
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-Papá mira! En la tele, tu colega, el que siempre decís que es valiente. Está hablando de dinosaurios, está buenísimo!
Ahí estaba él, doce años después, un programa cultural. No pude evitar la emoción, el arrebato de lágrimas en mis ojos.
-Qué hijo… ! No se rindió. Pensé en voz alta mientras mi esposa censuraba inmediatamente mis tan poco decorosas palabras. Continuaba con la misma sonrisa y chispa que conocí, divulgando la ciencia a contra viento y marea, como siempre lo había hecho.
-Viste como era verdad que tuvimos dinosaurios! Mira! Ahí está explicando, escucha, escucha!
La hipnosis de mi hijo al ver como mi colega explicaba lo que muchos creían descabellado era hermosa, y se la debía enteramente a él. Estamos en 2015 y continúa inalterable su pasión por defender y divulgar nuestros siglos de ciencia. Y ahora hasta mi esposa se había detenido a mirar junto a mi hijo los secretos naturales más fascinantes de nuestro país. Di unos pasos atrás, viendo a mi familia consumida por la curiosidad y la maravilla y reparé en la frase “secretos naturales más fascinantes de nuestro país”, y aún, exceptuando divulgaciones como la que estaba en la tv, la palabra “secreto” continuaba también inalterada. Hace unos días me enteré de que tras 16 años, las colecciones que conocí permanecían en ese mismo sepulcro sin haber recibido otro socorro más que la persistencia de mi colega y de innumerables voluntarios. 16 años! Protegieron a pulmón y pasión nuestro mayor acerbo científico! Por unos segundos sonreí tras confirmar que la pasión de mi colega era definitivamente inquebrantable, pero inmediatamente me invadió el absurdo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo pueden haber pasado 16 años sin que el estado pusiera una pizca -por más mínima que fuese- de interés en preservar toda nuestra historia científica? No podemos estar ajenos ante tal atrocidad! 18 museos y centros culturales se abrieron de unos años a esta parte omitiendo el primero y mas importante! ¿Qué intencionalidad hay detrás de esto?, de haberla, es decir, borrar la ciencia de nuestro país, que sea ya al menos explicada! Pero si se trata de inoperancia, definitivamente TODA la cultura del Uruguay está ya en altísimo riesgo. Es absurdo.
Inmediatamente me atrincheré en el ordenador buscando información y respiré al descubrir que existe un saludable y muy racional interés en que no lleguemos a perder -si aún no es demasiado tarde- el mayor acerbo científico de nuestro país, vi una petición de firma para revertir de una vez esta penosa situación. Acabo de firmar y les invito e imploro queridos lectores a hacer lo mismo. El link es el siguiente:

https://www.facebook.com/groups/1617334655210723/?fref=ts


Gracias,
El último museo…


sábado, 24 de agosto de 2013

FUEGO EN PUNTA DE LAS CARRETAS



FUEGO EN PUNTA DE LAS CARRETAS

Como comentario histórico “a la pasada”, hace unos dos años di con un dato que durante un tiempo consideré irrelevante hasta dar con las pruebas. Las tremendas epidemias que azuzaron la ciudad de Montevideo durante el siglo XIX continúan aún en la memoria, cólera, tifoidea, fiebre amarilla, etc. Dado que aún faltaba bastante para la creación de la primera red de saneamiento urbano, uno puede imaginar durante esas plagas, un Montevideo lúgubre, plagado de ratas y boticarios “mágicos” así como también carretas, un continuo desfile de carretas entrando y saliendo de la ciudad. Su carga? Aquellos difuntos víctimas de las enfermedades conjuntamente con todas sus pertenencias por disposición del gobierno. Y literalmente se cargaba todo en carretas, desde la cuchara hasta su dueño.  Estas se dirigían en procesión hacia unos kilómetros afuera de la ciudad y unos cientos de metros adentro del río en lo que hoy es la península del barrio “Punta Carretas”, en aquel entonces, campo y caminos de tierra. Lo que allí se hacía (ya que el lugar prometía lejanía de la urbe), era incinerar toda la carga traída por las carretas, un gran crematorio de emergencia sanitaria post-colonial. En el primer comentario que me habían hecho al respecto, se mencionaban vestigios esquivos de lo que supo ser aquél un infierno. Me dirigí entonces, un lugar ahora diametralmente opuesto a lo que fue, extensos espacios verdes con vista al río en donde bien hemos sabido compartir unos mates, sin saber, claro, que a unos dos metros bajo nosotros se encuentran efectivamente los restos de oscurísimos episodios de nuestra ciudad. Hacia la costa, afloran desde pequeñas barrancas de erosión natural, de unos tres metros de altura, innumerables objetos de origen en su mayoría, europeos (por aquel entonces, los habitantes mas patricios y no tanto, encargaban por catálogo tanto mobiliario como decoración y utensilios varios, desde Europa. Es poco probable encontrar piezas completas de mas de cien años y si tuvieron la buena fortuna de escapar al fuego, pero durante mis jornadas de investigación en la zona, he dado con algunos objetos decorativos que extrañamente se mantuvieron inalterables al paso del tiempo, por lo demás, hay fragmentos de todo, azulejos pas de calais (Francia) así como porcelanas varias, muchas con sus sellos de fabrica (Inglaterra, Italia, Francia), objetos de metal como finos utensilios de cocina y restos de envases de vidrio muchos de ellos también sellados. Etc, etc. El lugar que menciono ocupa toda la península continuando por la franja costera hacia el oeste hasta el monumento al holocausto. 




domingo, 18 de agosto de 2013

LA AFICIÓN CRÓNICA A LA BÚSQUEDA DEL ORÍGEN. Parte 1


LA AFICIÓN CRÓNICA A LA BÚSQUEDA DEL ORÍGEN. Parte 1

En un principio tal vez solo habían piedras en mis manos, algunas con extrañas formas, otras con llamativos colores, pero sabía que habían piedras “llave”, o al menos la evidencia directa de una historia que trascendía (muchas veces con creces), el ejercicio de la imaginación. No una imaginación abstracta, fruto de una fantasía sin asidero real, pues no, sabía que era precisamente todo lo contrario, por más que en un principio mis conocimientos eran muy precarios.

Durante muchos años recorrí innumerables lugares del Uruguay colectando piedras muy sugerentes; hacia los primeros años y por lo general en solitario, tenía colectada ya una cantidad significativa de piedras que ahora ya revestían patrones, formas muy extrañas pero similares, aún siendo estas halladas a cientos de kilómetros de distancia. Tenía la convicción de que se trataba de fósiles. Ingenuo sobre la materia, pensaba que al menos en este país no existiría disciplina tal que estudiase esas formas a veces grotescas, a veces hermosas; pero continuaba encontrando patrones. Dudaba que fuesen dinosaurios ya que eso si me lo hacía impensable en estas latitudes (idea que años después hube de echar por borda), pero al menos en algún remoto periodo de nuestra prehistoria todo me indicaba la existencia de criaturas asombrosas. 

No tardé mucho en hacerme de bibliografía sobre la temática, confirmando aún más la existencia en lo que hoy es territorio uruguayo de magníficas especies ya extintas. Transcurrieron muchos años mas de solitaria búsqueda hasta finalmente dar cuenta de que efectivamente en Uruguay se sembraba y cosechaba la ciencia madre que daba respuesta a “mis piedras”, la paleontología. Al menos sabía que lo que hacía ya no era solo deambular en búsqueda de rocas con formas óseas, estaba participando en la reconstrucción de nuestra historia natural, una suerte de sana cacería a decir de el gran paleontólogo George Gaylord Simpson: " [...] El cazador de fósiles no mata, resucita. Y el resultado de este deporte se añade a la suma de los placeres humanos y a los tesoros del conocimiento de la humanidad. El historiador de la vida no sólo adquiere el conocimiento mediante los fósiles, sino que también toma en consideración una inmensa cantidad de hechos pertinentes de otros campos de las ciencias de la Tierra y de las ciencias de la vida: entrelaza ambas disciplinas en una interpretación global sobre qué es el mundo de la vida y cómo ha llegado a ser así. Por último, está destinado a reflexionar aún más profundamente y a enfrentarse con los enigmas del significado y la naturaleza de la vida y del hombre, así como también con los problemas de la conducta y los valores humanos. La historia de la vida está inmersa directamente en todos estos enigmas y problemas y la comprensión de su propia importancia exige más investigación en esta materia: la Paleontología".

Tras un punto en que no pude más que recurrir al encuentro de los verdaderos artífices de esta ciencia, comencé a tomar real conciencia de lo que tenía frente a mí: una historia que apenas comenzaba con la búsqueda y hallazgo de vestigios fósiles, su transcurso era sin dudas el elemento más enriquecedor: reconstruir “mundos perdidos”, y aquí el goce personal mas grande, compartirlo con cuanta persona pudiera!

 De ahí en más mi afición se convirtió en pasión, y como toda actividad pasional, me vi en un enriquecedor camino de creciente vinculación con profesionales y aficionados de esta ciencia que muchos años atrás consideraba un “extraño síndrome”. Muy gratificante fue mi aventura por el fascinante mundo de la historia natural, no solamente en los resultados tras tantas salidas de campo y expediciones, sino en el espectro humano (hallazgo mas valioso), habiendo cosechado amistades con las cuales hasta el día de hoy nos desvelamos compartiendo esta misma pasión.



No faltará tampoco oportunidad en que me sea dable compartir con Uds. la profunda ampliación que posteriormente aconteció (de forma natural y esperable) en mí, extendiendo mi curiosidad hacia ciencias como la arqueología, antropología, neurología entre otras  que, de una forma en la que aún me es casi imposible describir, se fueron amalgamando entre sí, y hasta con mi propia profesión de psicólogo, generando en mí una cosmovisión en la que ya me resulta insatisfactorio el abordaje de un fenómeno sin apelar a la transdisciplinariedad. El acto de comprender, parte de la premisa de que existe una fuerte interconexión causal entre todo conocimiento humano.


Algunos agradecimientos bien sentidos:

-Lic. Yennifer Hernández, por guiarme con extrema amabilidad por el universo de las ciencias naturales.
-Lic. Andrés Rinderknecht, mi primer maestro en paleontología.
-Lic. Nicol De León, por rezongarme.
-Dr. Daniel Perea, un referente y ejemplo de humildad y disposición.
-Prof. Vivian Cuns, por confiarme su apoyo en los momentos precisos.
-Sr. Daniel Gómez Minam, no solo compañero en esta pasión, sino amigo incondicional de aventuras.
-Sr. Jorge Gallas, ahora gran divulgador y encargado de la sección paleontología del museo del Colegio Pio, con quien supimos identificarnos en aquellos comienzos inciertos.
-A los atentos guías de los museos Armando Calcaterra y Bautista Rebuffo (Colonia Del Sacramento)
-Sra. Rosario Berretta Carballido, pasional guía del museo Casa de Artigas (Sauce).
-Sr. Daniel Veloso, gran periodista científico siempre dispuesto a divulgar nuestro acerbo patrimonial.
-Inv. David Franco, por el apoyo contínuo, su pujanza, pasión y comromiso en las investigaciones que hemos llevado conjuntamente con el Grupo Paleontológico De Exploración Regional (Santa Fé, Argentina).
-Lic. Andrés Irasuste por su incondicional estímulo e interés.
-A la revista Uruguay Natural, por ofrecernos desinteresadamente un espacio de divulgación.
...y a todos los que de alguna manera me estimularon en esta pasión.

jueves, 8 de agosto de 2013

EL FANTASMA DEL BAGRE



EL FANTASMA DEL BAGRE


El día seis de marzo de 2010 me dirigí a la localidad de San Luis, a 65km de Montevideo, a realizar una prospección paleontológica sobre unos sedimentos pleistocénicos, como solía hacerlo con relativa frecuencia. Conversando con un vecino del lugar, curioso por lo que yo estaba realizando, me comenta la existencia de un naufragio en esa zona.

Yo, apasionado por las historias de mar, retorné el 24 de abril de 2010 a San Luis, ya con un poco mas de tiempo para interiorizarme aún más, y en lo posible, dar con el paradero del buque.
Me contacto nuevamente con aquel vecino y le comento mis intenciones de investigar ese naufragio, le pregunto si el buque era británico (para cerrar relativamente el espectro temporal), y el me comenta que no, pues un día, un muchachito pescando en la desembocadura, enganchó lo que suponía era una rama y resultó ser un escudo real español, esta pieza fue vendida entre vecinos, tal es así que mi contacto me comentó que muchos vecinos utilizaron partes del naufragio para remodelar y/o decorar sus casas.
Mi última pregunta y ya guiado por el entusiasmo, era el paradero exacto del naufragio. Unos doscientos metros arroyo adentro desde la desembocadura. Tomando entonces mi equipo, emprendí mi marcha hacia el lugar. El primer obstáculo fue lo escarpado del terreno (un monte espeso con algunos basurales), solo hacía posible la entrada por medio de una embarcación con la cual yo no contaba. Recordando entonces otro dato, como mencioné, muchas casas tienen decoraciones con piezas del naufragio, por lo cual comencé a recorrer lentamente las casas riverenses del arroyo buscando indicios del naufragio; y ahí los encontré. Almacenes y casas con nombres que aludían a lo que yo estaba buscando, oficiaron de mapa. Enormes maderos con remaches típicos de estilo español se comenzaban a ver tal cual decoraciones.
Tomo nuevamente mi equipo y bajo hacia el arroyo por un terreno aún mas escarpado pero por suerte más corto en distancia. Llego a la rivera y me frustro al no observar nada a pesar de la bajante, y no fue sino hasta que el sol dio de pleno en las aguas, en donde por fin pude ver sinuosamente la silueta de lo que aparentaban ser las cuadernas de una fragata. Tomé registro fotográfico del mismo y los alrededores y entrando al agua, a una profundidad de un metro aproximadamente y con bruscos desniveles comencé a recorrer un suelo con grandes cantidades de madera remachada y estructuras de acero, mezcladas con rocas y ramas, así también encontré pequeños fragmentos de metal dispersos en las riberas. Finalizando esta primera etapa de investigación de campo, recupere algunas muestras de madera y metal para en lo posible lograr dar una determinación temporal estimativa.






Antecedentes y referentes históricos:

En lo que respecta a referencias bibliográficas materiales sobre el naufragio, la única información pasible de recuperar se encuentra en dos artículos periodísticos. Uno del diario “El País”, que aparentemente publicó un artículo en el año 1995, y posteriormente otro similar publicado por “La República” el 10 de setiembre del 2000.

La restante información la recabé de un artículo digital redactado por Gerardo Sosa el 28 de junio de 2009, llamado “Desde hace doscientos años no descansan en paz”, en la cual remite a un estudio realizado por el Investigador Histórico Prof. Daniel Torena. En este, se menciona la posible identidad del barco como perteneciente a la flota anglo-portuguesa del Capitán John McNamara (guerra anglo-española, 1761-1763) dado estudios comparativos con naufragios hallados en Neptunia, Atlántida y El Fortín, aunque si bien aún no se determinó la identidad de esta embarcación, también se maneja la hipótesis de que fuesen los restos de una fragata hundida en Neptunia, pero en este caso la fecha es 23 de noviembre de 1806, descartando la hipótesis de la flota de McNamara. Basicamente este artículo redactado en 2009 cita: Los estudios, hasta el momento reservados, también dan cuenta que la embarcación a la que se refieren los vecinos de San Luis podría existir. En este balneario se encontrarían vestigios de un barco que se hundió, como consecuencia de las inclemencias del tiempo, en las proximidades del arroyo El Bagre.”

Otros antecedentes, son los recuperados por la Guía Ecoturística Ivana Crocce en un artículo llamado “Arroyo El Bagre, un refugio ecológico para preservar”, publicado en el almanaque del BSE en el año 2009, en donde recoge testimonios de vecinos que dicen que el barco estuvo a flor de agua durante muchísimo tiempo y que inclusive lo utilizaban de puente para cruzar el arroyo. Posteriormente comenzó a hundirse hasta desaparecer por completo, pero mientras estuvo visible, cuentan los vecinos que básicamente fue desmantelado y muchas de sus piezas aún las conservarían familias de San Luis.

Conversando con vecinos del balneario, lo que yo pude recolectar fue un sinnúmero de historias, algunas mas cercanas a las escasas investigaciones, otras casi fantásticas y algunas bastante seductoras, que hablan de la existencia de cañones e inclusive el sitio donde acampó la tripulación. Aún así, solo se sabe que ahí yace “casi fantasmal” un muy misterioso naufragio.